Artículo de María Rodríguez García
El problema de la trascendencia en filosofía ha ocupado un lugar preferente desde las diversas perspectivas metafísicas que lo han tratado. A veces, ha quedado subsumido por doctrinas teológicas como garantes de la existencia de una realidad otra, trascendente y supra-natural a cuya verdad podríamos acercarnos a partir de la redención de nuestros pecados. Otras veces, encontramos una metafísica de la trascendencia que, en el caso de Antonio Machado, podría remitirse a la necesidad de la alteridad, del reconocimiento del otro o, lo que es lo mismo, del trascender del yo en un “tú esencial”. Estamos, por tanto, ante el problema del otro que yo, o lo que es lo mismo, la alteridad. Y lo vamos a tratar a partir de tres autores españoles en cuyas obras se dilucidaban los mismos problemas de calado filosófico que ocupaban la Europa de la época: Antonio Machado, José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno, los cuales representan (sobre todo Machado y Unamuno) un claro ejemplo del filosofar español: pensamiento sincrético que, como tal, bebe de las fuentes de la narrativa, la poesía y, también, el arte.
Frente a la infalibilidad de la razón propia de la modernidad que suponía un sujeto asentado en los cimientos de su individualidad (recordemos en este sentido el Ego cogito de Descartes), Machado abogó por el reconocimiento del otro, alejándose, de este modo, de todo precepto lógico-calculante, apostando, así por una suerte de lógica-poética que implicaba la aceptación de lo heterogéneo, de lo que nos trasciende y nos ayuda, a la vez, a conservar y permanecer cada cual en su yo. La apuesta de Machado supone, por tanto, una alternativa al subjetivismo reinante en el siglo XIX, el cual bebía de las fuentes modernas del XVII en una exaltación de la individualidad. Pero, y remitiéndonos a lo expuesto por Machado, ¿qué posibilidad efectiva se puede encontrar hoy día de la realización de ese otro que yo? ¿Realmente podemos hablar de una trascendencia al modo machadiano o quizás deberíamos recurrir a la masa orteguiana? ¿Quién representa hoy la alteridad tan defendida por Machado y Unamuno y, al mismo tiempo tan reconocida y criticada por Ortega? Veámoslo con mayor detenimiento a partir de estos tres autores.
Con el nombre original Qué es la técnica y luego, y para ser publicada, Meditación de la técnica (1),ofreció José Ortega y Gasset una conferencia en la inauguración de la Universidad de Verano de Santander, allá por el año 1933. El texto en cuestión, afirma la naturaleza técnica de los hombres: a diferencia del resto de los animales, el ser humano no tiene naturaleza o, mejor dicho, ésta consiste en la ausencia de la misma así como la necesidad de fabricarla. A diferencia de los hombres, los animales nacen y están en el mundo; en cambio, el ser humano va más allá y no quiere “estar” sin más, sino que apuesta por estar bien, persiguiendo por ello el tan conocido “bienestar”, que ha pasado a ser, incluso, algo constitutivo de la dignidad humana: parece que si un hombre no logra ese estar bien su existencia no es digna, relegando su ser a lo infrahumano. Pero cabe preguntarse en este punto cuál es el eje vertical de ese bienestar, y no es otro que la técnica: hablar de ella es exactamente lo mismo que aludir a la construcción de esa naturaleza ausente, de esa bondad necesaria para el estar humano.
En este punto, se hace pertinente, entonces, profundizar en los efectos que ello ha tenido en los hombres: se ha perdido la individualidad, la identidad, y se ha ganado en deshumanización e impersonalidad. A ello se refería Ortega en la Meditación de la técnica: “Vean, pues, los ingenieros cómo para ser ingenieros no basta con ser ingeniero. Mientras se están ocupando en su faena particular, la historia les quita el suelo de debajo de los pies. Es preciso estar alerta y salir del propio oficio: otear bien el paisaje de la vida que es siempre total. La facultad suprema para vivir no la da ningún oficio ni ninguna ciencia: es la sinopsis de todos los oficios y todas las ciencias, y muchas otras cosas además. Es la integral cautela. La vida humana y todo en ella es un constante y absoluto riesgo.”(2) Y apunta, más adelante: “la técnica (…) hace que al hombre puesto a vivir de fe en la técnica y sólo en ella, se le vacíe la vida. Porque ser técnico y sólo técnico es poder serlo todo y consecuentemente no ser nada determinado.”(3)
Los efectos de la técnica son las condiciones actuales de la existencia humana: impersonalidad y pérdida de identidad. Así, desde un punto de vista orteguiano, la posibilidad del otro hoy queda delimitada por la técnica, por las consecuencias que de ella se derivan en la vida del hombre medio: la individualidad queda subsumida en un bucle infinito de posibilidades que tienden al anonimato (pensemos, por ejemplo, en las redes de información como internet, donde un solo individuo puede adoptar múltiples identidades, donde podemos contactar con personas que ni siquiera nos conocen o visitar ciudades a las que no hemos viajado). La trascendencia hoy ha sido engullida por la masa, donde el individuo asume su papel de hombre medio y corriente y tiende al solipsismo en el que naufraga su ser técnico.
Pero, ¿no queda alternativa alguna a esta vuelta al solus-ipse que nos propone Ortega? ¿Hasta qué punto estamos abocados a tornar a un ego que se reconoce como mónada, como punto aislado y solitario del universo?
Si contemplamos la posibilidad del otro que yo desde la perspectiva de Unamuno, nos situamos ante un pensar que se sumerge en aquellas extensiones propias del yo que no fuimos pero que pudimos llegar a ser. Es la teorización de la pregunta acerca de qué hubiera sido de cualquiera de nosotros si hubiésemos optado por un camino distinto al que optamos y que nos ha llevado a nuestro propio ser y estar: es la teoría del yo ex – futuro unamuniana. Desde este punto de vista, el tratamiento que se ofrece de la alteridad es individual, o, lo que es lo mismo, responde a las otras posibilidades de la existencia desde un punto de vista propio, presentándonos, así, una dimensión de la alteridad que avala la afirmación de la consistencia dramática de la vida, un drama que es creativo, novelado y apócrifo, pues se postula, incluso, la posibilidad y el hecho de ser otro. Este punto concreto es el que conduce a Unamuno a preguntarse acerca de la dimensión creativa y sustancial de la vida: “y esta, mi vida, ¿es novela, es nivola o qué es? Todo esto que me pasa y que les pasa a los que me rodean, ¿es realidad o ficción?”(4)
Esta concepción de la existencia humana desde un punto de vista puramente creativo es una constante en el pensamiento de Unamuno, hasta el punto de, como vemos a partir de este texto de Niebla (y al igual que le ocurre a Machado) cuestionarse cuál sea la verdadera existencia, así como preguntarse acerca de qué sea el ámbito de lo real y cuál el perteneciente a la ficción.
Desde este punto de vista, se puede apuntar que Unamuno comprendía el ámbito de lo real de un modo muy similar a Machado, para quien la realidad era una especie de “poema de nuestro pensar”, o, lo que es lo mismo, una creación en cuyo escenario espacio-temporal nos encontramos todos: un escenario que adquiere tintes trágicos y del que nosotros, sin importar quiénes seamos, somos sus actores: “Napoleón el grande era un gran actor trágico, un gran tragediante. Su entusiasmo por Corneille es bien conocido. No se distrajo nunca, sino que siempre se dio cuenta de que vivía, soñaba y obraba en un escenario, de que el mundo de la historia es un tablado de teatro, y el otro ni es mundo.”(5)
Quizás, el caso de Napoleón pueda asemejarse a nuestro caballero andante más famoso, Don Quijote, pues ambos son actores de un escenario común: aquél desde el cual se decían a ellos mismos “yo sé quién soy” o, lo que es lo mismo, quién quiero ser. Este modo de creación existencial al que nos remite Unamuno se asemeja a la dimensión apócrifa del mundo en cuanto poema de nuestro pensar. Y es que, en ambos casos se trata de hacer manifiesta la capacidad trascendente del hombre, de todo aquél que desea y apuesta por ir más allá de su propio sí mismo hasta el punto de necesitar aprehender al otro, para asimilar y participar, de ese modo, de la condición heterogénea del ser de lo real.
En este punto podemos relacionar el concepto de lo apócrifo de Machado y el yo ex – futuro unamuniano, pues a partir de ellos llegamos a la comprensión de la dimensión creativa de la existencia: la otredad es supuesta en un mundo que se erige como “poema de nuestro pensar” y que, a su vez, es expresión de nuestra condición como existente consciente. Estamos encadenados a la nostalgia de lo que pudimos ser y de aquél otro que yo cuya conciencia ajena no puedo aprehender sino, como máximo, tender hacia ella desde una irremediable angustia que se nos ha revelado y que, por ende, acabamos por asumir como propia.
En este punto en el que apostamos por la existencia del otro que yo, se hace pertinente acudir al pensar poético al que nos remitía Machado. Según el poeta andaluz, la imaginación es la facultad esencial del hombre, y es a partir de ella como se puede llevar a cabo la creación intelectual que nos acerque al otro. En este punto encontramos similitudes con Ortega, quien consideraba al hombre como un animal fantástico, pues crea su propia existencia, se fabrica su mundo, construye su vida e, incluso, como hemos visto, su naturaleza, porque, en última instancia el hombre es ese animal que no nace ya hecho sino que tiene toda una vida por hacer y hacerse.
Desde esta perspectiva de la fantasía, se puede afirmar que es posible la alteridad, pues esa fantasía que emerge en el pensar poético nos hace entender éste como un reducto del yo que nos posibilita necesario un encuentro con el otro. Sin imaginación no hay creación, ya sea ésta técnica o estética: diferentes modos éstos de lograr la trascendencia.
Si la realidad técnica subsume el encuentro en el yo y refleja un “otro que yo” carente de identidad, la creación estética puede entenderse como una catarsis expresiva que requiere la mediación del pensar y así como del encuentro con el otro.
La creación estética supone un “y sin embargo” como una segunda parte de esa catarsis expresiva a la que nos referíamos: es como un “después” que se encarga de trascender al propio individuo a partir de su obra. En este sentido cabe, si no la seguridad, sí la esperanza de que exista un reducto intelectual que nos permita certificar la alteridad desde la fantasía, o, lo que es lo mismo, desde la capacidad creadora a la que nos remite el pensar poético en su intención por trascender la inmanencia. En estos tiempos en los que la deshumanización es un componente esencial de nuestra realidad, es necesario realzar la diferencia en la existencia anónima del hombre medio; y ello podrá ser viable mediante la creación artística como catarsis expresiva de individualidades que buscan más allá de lo funcional a lo creado y que, desde la mediación del pensar y el decir de sus obras, trascienden su yo. El otro dialoga conmigo, se hace presente en el lenguaje y en el diálogo interior de cada yo, donde lo real es expresión de lo heterogéneo y, a la vez, expresión de la contradicción, pues en ese diálogo habita, en cierto modo, el hombre: “Yo necesito discutir, sin discusión no vivo y sin contradicción, y cuando no hay fuera de mí quien me discuta y contradiga, invento dentro de mí quien lo haga. Mis monólogos son diálogos.”(6)
[1] José Ortega y Gasset. La meditación de la técnica. Madrid, Ed. Alianza. 2002.
[2] Íbidem. Pag.39-40
[3] Íbidem. Pag.83
[4] Unamuno, Miguel de: Niebla. Alianza Editorial, Madrid, 2003. Pág. 164.
[5] Unamuno, Miguel de: Aprende a hacerte el que eres. En Mi vida y otros recuerdos personales. Ed. Losada, Buenos Aires, 1959. Pág. 122.
[6] Unamuno, Miguel de: Niebla. op. cit. Pág. 256-257.
Por María Rodríguez García
martes, 18 de mayo de 2010
La posibilidad del otro desde Antonio Machado, José Ortega y Gasset y Miguel de Unamuno
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